José Ignacio López-Pozuelo y el primer chat bilbaíno

05/10/2015 | Comentarios desactivados en José Ignacio López-Pozuelo y el primer chat bilbaíno    e-Bilbain@s

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Cuando José Ignacio López-Pozuelo (Getxo, 1971) descubrió que un ordenador se podía usar para conectarse con gente de todo el mundo, se le abrieron los ojos a un sinfín de oportunidades laborales y sociales. Se convirtió, a base de mucho tesón, en un hacker capaz de enredar en todo tipo de ordenadores y en uno de los primeros y más activos usuarios de #Bilbao, el primer chat de la capital vizcaína.

Desde entonces es conocido como #Satur o #Saturno, su nick en este sistema de comunicación, auténtico antecesor del actual Whatsapp. No fue él, en cualquier caso, quien lo puso en marcha, sino un grupo de entusiastas semi-anónimos que responden a los apodos de Tutatis, Falbala, Ada_L y Zona y que lo describieron como «el mejor canal del irc (chat), ¿qué pasa?, ¿no somos de Bilbao o qué?».

Los cuatro fundadores se reunían a ciertas horas y charlaban a través de su ordenador, aunque pronto se les fueron uniendo otros muchos hasta llegar en doce meses a sesenta asiduos. Entre ellos, además de López-Pozuelo, algunos ilustres como Torbe o Txemi del Olmo, que dio a conocer sus anuncios de la supuesta Gaseosa Cruz del Gorbea a través de este chat.

Saturno era, eso sí, el rey de las kedadas, reuniones físicas en bares de Bilbao o Portugalete en las que se conocían en persona todos los chateros en un rito que hoy en día se conoce como «desvirtualización«. «Pese a ser bilbaínos, se podía ligar. A veces incluso con éxito», reconoce López-Pozuelo, antes de recordar que hubo incluso bodas entre habituales de este foro.

Saturno llegó a pasar mucho tiempo conectado al chat. Podía hacerlo gratis desde la empresa en la que trabajaba, Agoranet, que entonces se dedicaba a dar conexión a Internet. Pero también lo hacía por la noche desde casa, con lo que su afición se transformaba en enormes facturas de teléfono, ya que entonces para usar Internet había que hacer llamadas locales, que costaban una media de un euro por hora. Llegó a pagar una de 40.000 pesetas (unos 200 euros).

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